jueves, mayo 25, 2006

ER, 3:00 am


...porque no sólo la belleza entra por los ojos, y la mirada no es sólo la ventana al alma.

Eso es lo que sucede cuando un viernes a las 4 de la tarde un objeto volador no identificado invade tu ojo. ¿Inexplicable? TERRORISMO! escribió Gregorio, y terrorismo del malo. Terrorismo del cual no puedes culpar a nadie porque no puedes ver a nadie... de hecho, no ves nada.

La verdadera experiencia fue a las 11 de la noche cuando Martín y sus padres me llevaron a la sala de emergencias. Luego de esperar un par de horas a que me atendieran, al fin logran decirme que llevaban horas buscándome para atenderme. "We've been looking for you all over the place, Mr. Rodríguez!" "Well, I've been... here!" Ya lo saben, hasta en la nación más desarrollada los hospitales son para morirse. No, en serio, para morirse.

Olvido el nombre del doctor que me atendió, pero asumo que él hizo todo lo posible por olvidarse del mío. Un tipo muy amable, de hecho. Sucede que al responderle que soy de Puerto Rico, el doctorcito me comenzó a contar de un compañero de clases que tuvo hace mucho tiempo, cuando estudiaba en Nuestra Doña. Un tipo amable, íntegro, y honesto. Su nombre era Pedro Rosselló, "...or something like that..."

*suspiro*

Yo solté esa carcajada que solamente uso cuando quiero largarme de algún lugar. El doctorcito se rió también y me dijo que sabía acerca de los problemas de Navaja, pero que el tipo era muy inteligente. Yo le contesté que, en efecto, hay que tener cierto grado de inteligencia para ser odiado por tantos y aún estar vivo.

Demás está decir que el doctor no habló más, aunque me curó el ojo. Asumo que su venganza fue hacerme el parcho más ridículo de la historia de la medicina desde Galeno. Martín lo disfrutó bastante: se estuvo riéndo desde el hospital, a través del servi-carro de McDonalds, hasta Fischer. Y ahí acaba otro de mis viernes de pachanga en la ciudad de South Bend.

Desde Indiana saludamos al doctor Pedro Rosselló: que Dios lo guarde, y bote la llave.

martes, mayo 23, 2006

Desesperación crónica

La desesperación puede llevarnos a hacer cosas increíbles.

Lo que leen es producto de dos actos de desesperación. El primero fue el de un servidor, cuando el semestre pasado envié a un selecto grupo de personas algunas anotaciones de caracter ESTRICTAMENTE sociológico, bajo el título del presente blog.

El segundo acto de desesperación fue el de la Calíope. El propósito: abrir este espacio para narrar nuestros viajes y poder mantener contacto, tanto entre nosotros, como con los demás. El problema: la Calíope está en la madre tierra, lo cual le permite viajar más facil y economicamente. Un servidor, ocupado, esta en el jodido medio de la puta nada co...

Bueno, un acto de desesperación de la Calíope me dejó entonces este espacio completo para mi.

Comienzan las crónicas.

Desde Indiana, saludamos a la Calíope: como ven, no hay ningún mal, que no traiga algo bueno.